Paisaje Itinerante

El laurel es un atributo mítico de distinción y poder, un árbol siempre verde, de hermoso follaje. Sus hojas fueron distinguidas en coronas de emperadores y ganadores olímpicos, y así aparece en el escudo patrio, bien que en Cuba sus usos han sido más prácticos como baños de olor y cocimiento para sanar ciertas dolencias. Su empleo más popular es como condimento para ciertos platos, en especial, los frijoles negros dormidos, una especialidad de la culinaria nacional.

En este paisaje simbólico, el artista se complace en ofrecer un espacio de naturaleza viva y un objeto artístico transgresor al romper las escalas entre lo público y lo privado, lo trascendente y lo cotidiano. El artista redimensiona un objeto del universo doméstico y lo pone al servicio – por la imaginación y la magia del arte – de una función social. En esa proyección, el escenario creado visibiliza y valoriza la naturaleza, distingue su relación con el hombre - que cuida y protege lo que en una maseta sembró-, y ofrece una alternativa ante el permanente deseo humano de disfrutar de la relación silenciosa y – hasta nostálgica – que brinda la sombra de un árbol para el descanso y la reflexión. Buenas y sobradas razones para proteger la naturaleza como bien común y en sus formas de existir a través del arte.

Yolanda Wood