Rafael Villares / La poesía del paisaje / El placer de la contemplación.

De este interés nacen dos series de corte documental: Nuestros pies mojados y Donde la demasiada luz forma paredes con el polvo. Las piezas que las integran discursan sobre la ciudad que Rafael habita. Con una convencionalidad acertada, desde el blanco y negro, nos revelan el interés que este creador tiene por los detalles. Una vaso, un brazo de muñeca olvidada en un espacio común, una mano que se descubre en lo que anuncia un cuerpo del otro lado del muro del malecón, son recogidos por instantáneas que demuestran un dominio de la composición por parte del artista. Desde el objeto, el cuerpo humano o el fragmento, nos habla de una cotidianidad consumida, de un espacio citadino que se refleja simbólicamente en aquello que lo habita.

Otro tipo de fotografía podemos seguirla en la línea que abrió con Finesterre en el año 2005 y que continúa con ejemplos como Retoño. En ambas la autorreferencialidad es esencial y se da por un elemento que hace que esta reflexión se haga casi obvia: el uso de su propia imagen. En la primera se muestra a sí mismo en las once fotografías en el gesto artístico de abrir puertas, en esa intención de halo modernista en la que el artista se siente en la capacidad y necesidad de generar el cambio. Es así que en el malecón, Rafael quiere hacer que el mundo se nos entregue y que nos entreguemos al mundo. En el caso de Retoño solo nos muestra un brazo y cabello que nos insinúa la presencia de la cabeza. Como raíz que brota de una planta Villares se representa. Puede que nos esté hablando de su papel en el árbol del arte cubano, se siente quizás un vástago que ya está pasando a regenerar este medio. Lo que es innegable es la muestra del interés en el elemento natural, en la relación directa del sujeto con el mismo; algo que caracteriza su obra y que une su creación fotográfica, o por lo menos este ejemplo, con su quehacer instalativo.

Comenzó a impactar con fuerza y a despertar el interés de la crítica cuando inició su trabajo con la serie De la soledad humana (2009). De esta se desprendieron Éxodo de un diente de león, Soledad humana, Aliento, Vuelo y Respirar. En todas, Villares tiene la intención de estimular más de un sentido en el receptor. En el caso de Aliento se reproduce en el interior de la galería un campo de caña brava que puede observarse como un todo, como una obra aislada, y al mismo tiempo permite penetrar a través de los surcos que se crean para que el sujeto receptor recorra y se adentre en la pieza. El olor que despide este elemento natural, su propia presencia y la incorporación del equipo de sonido que reproduce una noche en algún lugar rural de la Isla, hace que aquel que pretendía ir al sitio sofisticado de una galería se olvide por un momento del materializado mundo en que vive y establezca la relación con el medio primordial, esencial del que surgió su existencia.

Volvió a introducir en el espacio exhibitivo un trozo de verdadera naturaleza desde Soledad humana. En esa ocasión el elemento natural perecido ya, era revitalizado por el creador. Pero esa revitalización era similar a la que sucede en un funeral. Con la solemnidad y pompa con que se hace un entierro o unas exequias, Rafael despedía el árbol. Todos los allí reunidos asistían a un espectáculo desgarrador y efectista provocado por las cajas de luces que provocaban desordenadas sombras en el suelo y un equipo que repetía los sonidos que en vida el árbol había experimentado.

En Éxodo de un diente de león Villares volvía a complacer al espectador que deseaba ser deleitado con un arte de discurso optimista y factura impecable. Esta vez retomaba el uso de la natura pero ya no desde la redimensión del objeto encontrado sino a través de su completa elaboración. Con materiales como el latex, la espuma de goma y alambres de acero inoxidable conformaba un diente de león de grandes dimensiones y le incorporaba el sonido del viento que simulaba su culpabilidad en el esparcimiento de las semillas por el espacio de la galería.

El tema del evento en el que se encontraba inserta la pieza - IV Bienal de Ars Latina/ Identidades y contextos- y el uso de la metonimia como figura retórica dirigía el pensamiento generador de conceptos y lecturas hacia el discurso migratorio. Como familia de las malas hiervas, el diente de león esparce sus semillas que logran recorrer, gracias a la fuerza del viento que las traslada, distancias importantes; y al encontrar un espacio adecuado es capaz de regenerarse y de lograr una vida a kilómetros de su primer espacio vital. Reproduce con Éxodo…, desde la tenuidad poética -que es la que más se agradece- el sueño de todo aquel que emigra: la posibilidad de triunfar en suelo desconocido.

Con cada una las piezas que integraban esta serie el espectador no tenía escapatoria. Si se estaba en la galería se estaba contemplando: la potencia magnética de las piezas demandaba atención, incluso involuntariamente el receptor sería conducido a abrazar el proceso perceptivo y a formar parte del trabajo realizado por el artista.

En la plataforma internacional que supone la 11na Bienal de La Habana, Rafael se presentó en con tres piezas: Reconciliación, Paisajes Itinerantes y El bosque. En la primera, dos fuentes de luz se enroscan en un abrazo y descansan juntas como partes de una misma luminaria. Una de estas fue utilizada por primera vez en el alumbrado público de la Habana y la otra en el de Estados Unidos. El artista plantea en su statement que:

Pararse bajo un alumbrado es como "salir a la luz", no hay evasión, es un interesante acto delator. Hacerle un añadido a esta singularidad es el objeto de esta pieza; de manera que esta doble luminaria desenmascara al tiempo que simboliza, con su entrelazado, un suceso de reconciliación. Intimo escenario de comunión entre el enlace, la luz que desprende y el espectador.

Es ahí, en la correspondencia y en la necesidad de participación del receptor para el completamiento de la obra, en el que a mi entender esta pieza se relaciona con otros de sus trabajos. Pero en este caso a veces la complicidad sucedía espontánea y sin el consciencia del suceso perceptivo por parte del espectador. La sutileza del acto mismo provocaba que la pieza se insertara al espacio en el que se ubicó en primera instancia – Boulevard de San Rafael- sin afectar, ni modificar el ambiente, provocando que pasara de ser percibido si no se reparaba en el pie de obra.

De mayor espectacularidad fue el caso de Paisajes Itinerantes. Una maceta gigante, recorrió del 11 de mayo al 11 de junio el malecón habanero, como seis años atrás el mismo Rafael lo hiciera desde Finisterre. El artista le regalaba al agitado caminante, fatigado por el sol, un espacio acogedor, una sombra y un banco. El objeto redimensionado subvertía las relaciones entre el hombre y la pieza cotidiana. La maceta, objeto en que el que se domestica a la naturaleza cambiaba su función para acoger no solo a la planta sino también al transeúnte. El sujeto entonces, pasaba a formar parte del paisaje, se integraba al refugiarse en el espacio generado para el descanso. La factura resultaba extraordinariamente cuidada: cada elemento, el banco, la escalera y hasta la propia receptáculo generaban una legítima experiencia estética que propiciaba la contemplación ya no de la obra creada por Rafael, sino de las imágenes que se generaban a los ojos del espectador gracias al nuevo nivel que propiciaba la altura de la pieza.

A diferencia de las instalaciones antes mencionadas que necesitan para llegar a concretarse un grupo de personas grande, el caso de El bosque supuso un trabajo íntimo, en el estudio, de minucioso ejercicio metódico. Conformaba a través de hojas de árbol casi devoradas por las bibijaguas un todo. El concepto de que la unidad conforma la totalidad se daba aquí desde la reafirmación de la literalidad. La hoja conforma el bosque –o por lo menos la ilusión de este.

La vocación paisajística de Rafael Villares ha pasado a definir su actividad creativa. Su interés en la naturaleza rebasa el panfleto medioambientalista y el pensamiento green. Su obra tiene una fuerte inclinación orientalista donde el verdadero equilibrio está en la constante sintonía con la naturaleza. Su creación es un regalo que invita a contemplar sin desgaste mental, lleva a la meditación y al descanso plácido de los sentidos –que no significa la desconexión de los mismos, sino la constante estimulación de ellos.

El día que Rafael quiera poner su aprendizaje académico de la pintura a funcionar desde el trabajo como artista profesional estoy casi segura que nos volverá a sorprender. Desde la grandeza del paisaje u otro género o método veremos nuevamente poesía. Placer, sí, definitivamente nos seguirá ofreciendo placer, pues parece que como proyecto artístico y de vida se ha propuesto deleitar a los sujetos con los que le tocó coexistir.

por Gladys Garrote Rigau.