De nuevo el paisaje

Toda la producción de Rafael Villares se propone establecer una suerte de reescritura de la noción de paisaje, o más bien, de su noción de paisaje. El término ha cruzado por una larga travesía en la Historia del Arte. Hemos sido testigos de proyectos que incorporaron procesos de una diversidad extraordinaria cuyas aportaciones fueron cambiando la mirada que se tenía del mismo.Esta vocación de renovaciónpresente en su trabajo revela la posibilidad de extrapolar a la realidad la representación bidimensional de un paisaje como una experiencia sensorial encumbrada.

Todo este reservorio estableció nuevos itinerarios en la visualidad que ha ido construyendo la plataforma del paisaje y amplificándose como género, rebasando inclusive, el propio campo de donde se generó su tradición. El estudio de la naturaleza en que vivimos, tal vez sea la principal particularidad que tienen en común todos estos nuevos horizontes que se fueron gestando desde que Richard Long concibió un paisaje trazando una línea al recorrer el campo, o Walter de Maria con su Espacio de luz hasta los proyectos de James Turrell, solo por mencionar algunos paradigmas. Lo que ha variado sustancialmente han sido las operatorias en las artes visuales. Así, lo sonoro puede convertirse en un elemento constitutivo de sus paisajes y deviene una vía legítima para el ensanchamiento del espacio visual. El sonido interpela al receptor, lo desfigura para potenciar lo sensorial. Mover el paisaje también geográficamente desde los indicadores de las ensibilidad forma parte de la experiencia artística. Es allí donde se diluye la memoria afectiva, el acervo cultural, los tejidos sociales, sicológicos, éticos o antropológicos. Su interés por el tema es una constante aunque la utilice como pretexto para hablar de otras cosas.

Tempestad cromática (2015) deja verla relación entre el lugar y quien lo habita, se instaura por el límite entre lo virtual y lo real. Para él, la modificación del espacio es solo el medio que genera un nuevo lugar de observación sobre nosotros mismos. Apuesta por una comprensión de lo textual a través de la suprasensorialidad. El receptor establece sus derroteros y organiza la edificación de su paisaje que va transmutando cada vez que es intervenida la pieza, por ello la incomplitud se enarbola como metodología en toda su producción.

Sus trabajos vigorizan lo vivencial en la experiencia: asumir una conducta para detonar heterogéneos sentidos. Por ello, sus paisajes devienen configuraciones de percepciones vivenciales, una cartografía que ensaya las ideas para su definición y presentación. El principio de interacción es inherente al paisaje que formula, en el que intenta transformar la observación y el descanso en actitud, conducta y experiencia.

Tempestad cromática propone para la XII Bienal de la Habana el tránsito por estos senderos. Una tormenta de lluvias  rojas, azules, amarillas y verdes diseñan esta vez el paisaje que se completa accediendo al laborioso artefacto que forma parte del soporte de la obra. Aun cuando no penetremos en ella, se genera una dinámica visual y sonora que nos conduce siempre al mismo punto. La incertidumbre de las gradaciones cromáticas simulan los acontecimientos de la naturaleza misma para vivir nuestra propia tempestad.

Cada propuesta que realiza resulta un espectáculo, la puesta en escena supera la idea inicial que la engendra. La arquitectura de cada paisaje fundado con toda su parafernalia, constituye sin dudas una gran fiesta para los ojos y el alma. Nos obliga a reflexionar desde su perspectiva. Hablar hoy de paisaje significa estar alertas al planeta y a sus descalabros, un reto en que Rafael no ha tenido reparos en sumergirse. Asimismo, pensamos que traer al panorama del arte cubano actual una provocación a revisitar estos rudimentos será siempre bienvenido y necesario.

Julia Portela Ponce de León